Locura en el pádel femenino, ausencia total de dominio y oportunidades para varias parejas. Así resume en esta ocasión Mónica Montes (La Víbora del Pádel), especialista en el apartado femenino de la disciplina, lo que ha sido la primera mitad de 2026.
La temporada está dejando opciones para que diferentes parejas peleen y levanten títulos, no sólo las líderes del ranking o el top 3, lo que deja todo muy abierto de cara a lo que queda de aquí a diciembre. ¿Quiénes conseguirán ser las más regulares hasta final de año?
Os dejamos con la opinión de La Víbora del Pádel:
Hay temporadas en las que uno mira el cuadro antes de un torneo y puede imaginarse bastante bien quién estará el domingo levantando el trofeo. Y luego está 2026.
En el pádel femenino, hacer pronósticos se ha convertido casi en un deporte de riesgo. Cinco parejas diferentes han ganado títulos en esta primera parte de la temporada, y eso, después de años en los que el dominio de unas pocas parecía casi una ley no escrita, es una magnífica noticia. Parte de la culpa, o de la gracia, la tienen los cambios de pareja que agitaron el mercado a comienzos de año y que siguen produciéndose. ¡Y qué bien le sienta al pádel!
Bea González y Paula Josemaría se juntaron con un objetivo bastante evidente: ir a por el número uno. Y, de momento, son las que más títulos han levantado en esta primera mitad del curso. Llegaron incluso a encadenar cinco consecutivos, construyendo durante varias semanas una especie de pequeña dictadura deportiva. Pero hay algo que todavía les falta para que el proyecto termine de parecer imparable: regularidad.

No porque no ganen. Todo lo contrario. Sino porque todavía les cuesta cerrar algunos partidos y finales con la autoridad que se espera de una pareja que aspira a gobernar el ranking. Hay días en los que parecen capaces de arrasar con todo y otros en los que dejan una puerta abierta que las rivales, cada vez más preparadas, ya saben cómo aprovechar. Y ahí están Gemma Triay y Delfi Brea, mirando de reojo. Porque mientras Bea y Paula intentan conquistar el trono, las número uno saben perfectamente que no hace falta correr si todavía tienen la corona puesta.
Otra tendencia que me parece especialmente interesante es la proliferación de parejas jóvenes apostando por parejas jóvenes. Durante años hemos visto la fórmula de veterana + joven promesa: experiencia para una, aprendizaje acelerado para la otra. Pero algo está cambiando. Martina Calvo y Claudia Fernández son el ejemplo más evidente, pero también Raquel Eugenio y Martina Fassio representan esa nueva generación que parece decir: «¿Y si lo hacemos juntas?».

Y lo están haciendo. No necesitan esperar a que una jugadora consagrada las elija para empezar a construir su camino. Quieren agitar el avispero desde dentro. Y quizá esa sea una de las mejores noticias para el futuro del circuito: que las jóvenes ya no llegan simplemente para aprender, sino para competir.
Si hay una pareja que se ha ganado a pulso el título de revelación de la temporada, esa es la formada por Nuria Rodríguez y Giulia Dal Pozzo, una de las jóvenes promesa italianas. Empezaron jugando previas y terminaron alcanzando dos semifinales. En cuestión de semanas pasaron de intentar entrar en el cuadro a convertirse en una de esas parejas que nadie quiere ver aparecer en su camino. Y eso tiene muchísimo valor.
También porque detrás hay decisiones valientes. La de Nuria apostando por Giulia. Como la de Aranza Osoro, un año antes, cuando decidió apostar por Martina Calvo. A veces estas decisiones no se toman pensando únicamente en los puntos o en el ranking. Se toman porque alguien ve algo. Y cuando esas apuestas funcionan, no solo gana la pareja: crece todo el circuito.

Esta primera parte de la temporada también nos ha dejado claro que el pádel ha llegado para quedarse. Pretoria y Londres han entrado en el calendario y, de repente, el pádel ha tenido nuevos escenarios, nuevos públicos y nuevas historias. Ver un Major o un P1 en lugares donde hace no demasiado tiempo el pádel todavía era prácticamente un desconocido es una de esas cosas que conviene no normalizar demasiado rápido.
Porque sí, queremos mejores cuadros, mejores pistas, mejores horarios y más espectáculo. Pero también queremos que el pádel siga viajando. Que aparezca en ciudades nuevas. Que alguien en Londres o Pretoria se enganche al deporte después de ver un partido. El crecimiento también se mide así.
Y en una temporada de tantos nombres nuevos hay uno que pesa especialmente: Alejandra Salazar. Este 2026 es el año de su retirada. Y cuesta escribirlo sin que suene extraño. Para mí, es la mejor jugadora de la historia del pádel hasta ahora. Se despide con 62 títulos y siete campeonatos del mundo, además de una trayectoria marcada por una capacidad casi inagotable para reinventarse.
Ha superado lesiones graves, cambios de pareja, generaciones enteras de rivales y diferentes épocas del pádel. Y siempre ha encontrado la manera de seguir. Quizá por eso su retirada duele más. Porque no estamos viendo marcharse únicamente a una campeona. Estamos viendo terminar una era.

Pero bueno, no todo son buenas noticias. La evolución del pádel ha sido espectacular en los últimos años, pero hay una asignatura que sigue pendiente: el arbitraje y los medios tecnológicos disponibles. Durante esta temporada hemos vuelto a vivir situaciones en las que las decisiones arbitrales han quedado demasiado expuestas. Jugadoras reclamando acciones, situaciones que generan dudas y herramientas que, cuando existen, no siempre parecen estar al nivel de lo que exige un deporte profesional que mueve cada vez más dinero, público y repercusión.
Quizá el problema no sean únicamente los árbitros. Quizá también sea que el pádel necesita más medios, más tecnología y protocolos más claros. No puede ser que el deporte avance a velocidad de vértigo y que en algunas decisiones sigamos jugando casi al «yo lo he visto así».
Cinco parejas campeonas. Jóvenes que ya no piden permiso. Nuevas parejas que funcionan. Ciudades que se incorporan al mapa. Una leyenda que se despide. Y un número uno que sigue en juego. La primera mitad de 2026 ha dejado una sensación que quizá echábamos de menos: no saber qué va a pasar. Y en el deporte, pocas cosas son más entretenidas que eso.
